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El difícil regreso de los feriantes

El difícil regreso de los feriantes

La fiestas penden de un hilo, y eso deja en la cuerda floja a miles de familias que viven de ellas

 

En el proceso de desescalada, hay sectores que, aunque con limitaciones, empiezan a ver algo de luz al final del túnel. No es el caso de los vendedores ambulantes y los feriantes que recorren Galicia con sus atracciones, tómbolas y puestos de comida. Para ellos, la luz todavía está muy lejos, y la mayoría llevan sin trabajar y sin ningún ingreso mucho más tiempo que los más de dos meses y medio transcurridos desde el decreto del estado de alarma: «Llevamos parados desde octubre, empezábamos la temporada en el San Marcos y nos han parado todo».
La crisis económica derivada del coronavirus se convierte en un drama para los vecinos de Deán Pequeno: «Aquí todos vivimos de la feria», responde cualquiera a quien se le pregunte. A todos, el confinamiento les cogió con la puesta a punto de caravanas y atracciones para volver a la carretera, con seguros pagados y tras invertir sus escasos ahorros en el mantenimiento de sus instalaciones. Y ahora se ven sin ningún ingreso y sin la posibilidad de trabajar: «Esto nos perjudica demasiado». Algunos mantienen la esperanza de que les dejarán trabajar, «aunque sea en las fiestas de aquí al lado», pero otros dan por perdida toda a temporada, y eso supone un año y medio con su medio de vida paralizado.

Trabajo de temporada

 

José Antonio Fernández tiene cinco atracciones que mueve por toda España y que ahora están paradas. De momento, aguanta con tres de sus siete empleados, pero reconoce que la situación es muy complicada, por lo que está intentando organizar una plataforma de afectados ante la falta de una asociación que aglutine al sector en Galicia. Y ya le ha escrito una carta a Feijoo: «El colectivo está muy dañado y hacen falta ayudas. Hay que tener en cuenta que este es un trabajo de temporada y mucha gente se da de baja como autónomo al acabar en octubre, con lo cual ahora no tienen ningún ingreso. La situación es dramática, necesitamos una salida para sobrevivir porque vamos a ser los últimos en volver a trabajar».

«Tenemos la suerte de que mi hija está trabajando»

 
Dentro de la difícil situación que están viviendo miles de familias como la suya, Julia Zapata, que recorre las fiestas de toda Galicia con su puesto de almendras y dulces, reconoce que son afortunados: «Tenemos la suerte de que mi hija está trabajando y con lo que ella gana tenemos para comer. Si no es por ella, ¿quién iba a echar mano de nosotros? Parece a que a nadie le importan los feriantes y somos muchísimas familias las que vivimos de esto».

No sé cómo vamos a salir adelante»

Julia tiene a la puerta de su casa los puestos con los que, en condiciones normales, debería haber empezado ya la temporada de fiestas: «Los sacamos para limpiar, estábamos preparando todo para la Pascua y para el San Marcos y quedó todo ahí. Ahora tendríamos que ir a Santiago a la Ascensión». A pesar del negro panorama, con la amenaza de la suspensión sobre las grandes citas festivas de la comarca, ella conserva alguna esperanza: «A ver si esto se arregla y podemos hacer algunas ferias por aquí, porque no sé cómo vamos a salir adelante, no sé que va a ser de nosotros».

«Nosotros vamos a ser los últimos en volver a trabajar»

Con un puesto en el mercadillo de Ribeira, otro de rosquillas y otro de mojitos en las fiestas, a Dani Davila no le faltaba trabajo, hasta ahora, que el coronavirus le ha obligado a parar en seco sin fecha para reanudar la actividad: «No sabemos ni cuándo se va a recuperar la venta ambulante ni las condiciones. Nosotros vamos a ser los últimos en volver al trabajo».

Nosotros dependemos de la afluencia de gente»

Le preocupa no poder trabajar, pero también cómo serán las cosas cuando llegue la anunciada nueva normalidad: «Nosotros dependemos de la afluencia de gente, cuanta más gente haya, más vamos a ganar. Pero hay miedo, ¿quién va a venir al mercadillo?». Él está dado de alta como autónomo y recibe una ayuda, aunque señala que es mínima: «Voy tirando porque no tengo hijos y vivo con mis abuelos, no pago alquiler, pero para mucha gente es un problema muy gordo». A sus escasos ingresos, se suma el dinero invertido en mercancía parada y que se está echando a perder y en hacer un remolque nuevo: «Me gasté 7.000 euros, si llego a saberlo no lo hago».

 

«El día que abran todo esto, la gente va a ser muy reacia»

 
Manuel Petrovich es la tercera generación de una familia de feriantes. Como él mismo dice, lleva toda la vida en la feria, así que es muy consciente de que las consecuencias de la crisis del covid-19 para el sector las notarán durante mucho tiempo: «El día que abran todo esto, la gente va a ser muy reacia». Y el plan de desescalada propuesto por el Gobierno tampoco ayuda demasiado: «Dentro de unas semanas van a permitir las actividades al aire libre con un máximo de 400 personas, con eso no haces nada».

Hay que buscar otra cosa, con esto no se puede seguir en estas condiciones»

Ante la incertidumbre generada por el coronavirus, es posible que muchas citas festivas acaben suspendiéndose, y eso puede ser catastrófico: «Nosotros lo que queremos es que se aplacen, para no perder ferias». Con este panorama, Manuel cree que solo queda una salida: «Hay que buscar otra cosa, en fábricas o como transportista, con esto no se puede seguir en estas condiciones. Pero también para buscar trabajo estamos en desventaja. Yo llevo en la feria toda mi vida, no tengo experiencia en otra cosa y es difícil que te cojan».

«Jamás en mi vida tuve que pedir ayuda hasta ahora»

Mercancía en el garaje, en la furgoneta y dentro de casa. Entre cajas de calzado viven José Jiménez y su familia desde que se decretó el estado de alarma y se suspendieron los mercadillo. El 12 de marzo, en Noia, fue su última jornada de trabajo, y desde entonces sobreviven sin ningún ingreso: «Yo vivo del mercadillo, no tengo ni pagas ni nada, y somos cuatro en casa».

¿Quién va a ir al mercadillo ahora? ¿Quién va a probarse una prenda o unos zapatos?»

En una situación similar se encuentran todos sus hermanos, que también se dedican a la venta ambulante, y las expectativas de futuro no son demasiado favorables: «¿Quién va a ir al mercadillo ahora? ¿Quién va a probarse una prenda o unos zapatos? La gente tiene miedo». Después de más de 50 días sin poder trabajar, ha ido tirando «con unos ahorrillos y vendiendo cuatro cosas para ir sobreviviendo». José mira al futuro con preocupación porque no cree que puedan volver a los mercadillos con cierta normalidad antes del año que viene: «Jamás en mi vida tuve que pedir ayuda a las asistentas sociales hasta ahora. Y no me da vergüenza decirlo porque la necesito».

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